La economía contemporánea ha transformado radicalmente la forma en que se crea valor. El capital ya no reside exclusivamente en maquinaria, fábricas o infraestructuras físicas, sino en una constelación de activos sin soporte material que generan enormes flujos de ingresos: los activos intangibles.
Estos activos —definidos como recursos no monetarios sin apariencia física pero con valoración económica— incluyen derechos (licencias, patentes), relaciones (cualificación del personal, fidelidad de clientes) y propiedad intelectual (marcas, know-how, diseño). Su importancia estratégica es crucial: permiten incrementar ventas mediante innovación, mejorar la productividad a través de conocimiento organizacional, diferenciarse de la competencia y reducir costes operativos.
El déficit invisible: cuando la inversión insuficiente limita el crecimiento
La insuficiencia en la inversión de activos intangibles genera consecuencias directas y medibles en cualquier economía:
Limitaciones tecnológicas. Sin inversión en I+D y propiedad intelectual, las empresas carecen de innovaciones propias y dependen de tecnologías foráneas, reduciendo el valor añadido que permanece en el país.
Baja complejidad económica. La ausencia de intangibles dificulta la creación de productos sofisticados y difíciles de replicar, dejando a las economías ancladas en sectores de bajo valor agregado.
Vulnerabilidad competitiva. Las empresas que compiten únicamente por precio son más susceptibles ante competidores emergentes con estructuras de costes inferiores.
Déficit de diferenciación. Sin marcas sólidas, diseño distintivo o capital relacional, resulta imposible generar preferencia duradera en los mercados globales.
La correlación reveladora: intangibles, productividad y complejidad
La evidencia empírica sugiere un mecanismo bidireccional: la acumulación de intangibles eleva la complejidad de lo que se produce y exporta, impulsando la economía hacia productos menos ubicuos y con más capas de conocimiento. Donde el esfuerzo en intangibles es mayor, el contenido foráneo tiende a ser menor y los indicadores de sofisticación económica mejoran significativamente.
El capital de marca, por ejemplo, no solo eleva precios de exportación y fidelidad, sino que «empaqueta» conocimiento y reduce la sustituibilidad de los productos. Una empresa con marca sólida puede mantener márgenes superiores incluso en mercados saturados, transformando la competencia de una carrera de precios a una carrera de valor.
De la cantidad a la calidad
El futuro de cualquier economía abierta dependerá menos de cuánto exporta y más de qué exporta y cómo lo hace. La solución para elevar el valor de las exportaciones no es solo diversificar geográficamente, sino elevar la calidad y singularidad de productos y servicios.
Las empresas capaces de desarrollar ventajas competitivas basadas en intangibles —innovación, diseño, marca— tienen exponencialmente más posibilidades de competir con éxito. Sus productos generan más preferencia, son más difíciles de sustituir, crean relaciones duraderas y tienen mayor capacidad de absorber fluctuaciones de mercado.
Innovación, marca, diseño, capital humano, propiedad intelectual y creatividad son la base de la riqueza y diferenciación. El modelo competitivo del futuro no se construye sobre recursos físicos o ventajas de costo, sino sobre la capacidad de crear, proteger y capitalizar activos que existen solo en la dimensión del conocimiento y la percepción.