España y su historia de universalidad comenzaron a forjarse a ambos lados del Atlántico desde finales del siglo XV, contando con cuatro polos de acción fundamentales: España y Portugal en el ámbito europeo, y la América española y Brasil en el americano. La propia geografía de la Península Ibérica, como promontorio orientado hacia América y punto de encuentro entre las rutas africanas, europeas, mediterráneas y atlánticas, ha marcado un destino de encrucijada y encuentro de pueblos y culturas, consolidando una vocación histórica de universalidad.
La firma de la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea (CEE), que más tarde se transformaría en la Unión Europea (UE), se celebró el 12 de junio de 1985 en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid, con la participación del presidente del Gobierno, Felipe González, junto a representantes de los países miembros.
El 1 de enero de 2026 se han cumplido cuarenta años de la integración de España en la CEE, un periodo que ha permitido fortalecer a nuestro país como puerta de entrada de las inversiones latinoamericanas y como gran vertebrador entre la Unión Europea y América Latina. Este liderazgo se sustenta en la comunidad iberoamericana, compuesta por 635 millones de hispanohablantes, que representa un bloque sólido gracias a sus lazos culturales y lingüísticos compartidos. El reto actual es convertir estos vínculos en activos económicos y geopolíticos, configurando de esta manera un bloque potente capaz de abordar los nuevos desafíos globales mediante una agenda común.
Las relaciones económicas, políticas y culturales entre la Unión Europea y América Latina, comparten el objetivo de promover la integración, el crecimiento sostenible y la resiliencia económica, reduciendo dependencias y diversificando relaciones comerciales. Ambas regiones, con una larga historia de vínculos políticos, económicos y culturales, representan conjuntamente alrededor del 21% del PIB y el 14% de la población mundial. La UE es el tercer socio comercial de la región y el principal contribuyente en cooperación al desarrollo. El comercio bilateral ha crecido un 40% en la última década y la inversión europea en la región supera los 700.000 millones de euros, cifra equivalente a la suma de las inversiones en China, India, Japón y Rusia. España destaca como primer inversor europeo y segundo mundial en la región, con un stock de 162.000 millones de euros.
Sin dudas la situación hace que la agenda de la Unión Europea con América Latina sea diversa y busque profundizar las relaciones, compartiendo retos como la democracia, la integración, la migración, el cambio climático, la transición energética, la digitalización, la inclusión social y el proteccionismo frente al libre comercio y al multilateralismo, amenazado este por el presidente Donal Trump desde su slogan MAGA (Make America Great Again. Haz a América grande otra vez), un movimiento político que busca renovar el poder y la economía de EE. UU. Frente a esta posición, la Unión Europea establece mercados abiertos, normas claras y previsibilidad en un espacio multilateral. Todo lo contrario, a MAGA, fundamentada en el nacionalismo económico y el proteccionismo con la errática imposición de aranceles, una política que está destruyendo el sistema de libre comercio y torpedeando a la Organización Mundial del Comercio lo que lleva a pensar su reorganización y reescribir sus normas.
En este escenario, China emerge como un potente competidor al que la UE debe prestar especial atención. Una de las pruebas la ofrece la pasada “Cuarta Reunión Ministerial del Foro China-CELAC” (Beijing, 13 de mayo de 2025) que supuso un llamamiento de Xi Jinping a reforzar la cooperación en energía, tecnología, comercio, energías limpias, telecomunicaciones 5G, economía digital, inteligencia artificial y ciberseguridad. Además, China promociona la nueva Ruta de la Seda, asegurándose el acceso a recursos estratégicos como litio, tierras raras, petróleo y cobre con importantes inversiones para aumentar su presencia.
El comercio bilateral entre China y los países miembros de la CELAC alcanzó en 2024, 515.000 millones de dólares, frente a los 450.000 millones de 2023, frente a los apenas 2.000 millones del 2000, lo que evidencia el peso creciente de China en la región. Aunque China presenta su relación con América Latina bajo el prisma de la cooperación Sur-Sur y el respeto mutuo, existen advertencias sobre los riesgos de dependencia económica, concentración de deuda y asimetría en las relaciones.
Cumplidos cuarenta años de la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea, revitalizar el espacio inversor iberoamericano, representa un de los retos más apasionantes con proyección de futuro al que España debe dar la debida respuesta mediante la “nueva política económica internacional hacia Iberoamérica en el siglo XXI”.
Esta nueva política, supone una visión y una acción guiada con valor, rigor y audacia, para revitalizar a Iberoamérica como comunidad y el espacio inversor iberoamericano como oportunidad, teniendo muy en cuenta la alta importancia que adquieren en conjunto o por separado la concurrencia de una combinación de factores ideológicos (en forma de ideas), intereses (políticos y económicos) e institucionales (restricciones y oportunidades), que sentarían las bases de una asociación donde ambas partes ganen.
Vivimos momentos fundamentales para los intereses de España que, desde una perspectiva amplia, profunda, ambiciosa y audaz en medio de un mundo inestable y desafiante, siendo las oportunidades que ofrece, muy superiores a los desafíos.
España como puerta de entrada de las inversiones latinoamericanas y como puente y país vertebrador con la Unión Europea, se encuentran ante una situación que les reclama una renovada visión. Pero la visión sin la acción es inútil. Y la acción sin la visión no sabe a dónde ir o por que ir. Esta es la situación y la nueva política económica internacional de España hacia América Latina en el siglo XXI, parte de la solución.
Sin dudas, la próxima XXX Cumbre Iberoamericana de Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno que se celebrará en Madrid (4 y 5 de noviembre 2026) tendrá un alto valor “simbólico”, por coincidir con el 35 aniversario de la primera Cumbre celebrada en Guadalajara, 18 y 19 de julio de 1991 (México), pero también debe de tener un valor resolutorio para robustecer, ensanchar y profundizar la Comunidad Iberoamericana, teniendo como uno de los ejes centrales, “revitalizar el espacio inversor iberoamericano” sin renunciar a la autonomía nacional. Como señaló el Rey Felipe VI, se trata de “seguir haciendo Iberoamérica”, con una apuesta estratégica por la latinoamericanización de las Cumbres. Esto implica centrarse, en temas transversales, vitales para los países latinoamericanos y los ibéricos: seguridad ciudadana y combate contra el crimen organizado, productividad, transición verde y digital, y modernización institucional y administrativa, que debe de tener muy presente que “el todo es más importante que las partes”.

