En tres semanas Europa busca cerrar el pacto con Mercosur

El tratado que uniría a 700 millones de personas enfrenta su momento más crítico entre presiones agrícolas, cálculos políticos y la urgencia de redefinir alianzas globales.
24/12/2025
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Veintiséis años. Un cuarto de siglo de negociaciones, idas y venidas, crisis políticas, cambios de gobierno y ajustes técnicos. El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur ha sobrevivido a todo eso, pero ahora enfrenta quizás su prueba más difícil: convencer a Italia de que firme mientras Francia se mantiene en su rechazo y el reloj corre hacia un horizonte cada vez más incierto.

Bruselas ha tomado una decisión arriesgada pero pragmática: posponer la firma prevista para este fin de semana hasta principios de enero. La estrategia es clara. Sin el respaldo de Roma y París, los números no salen. Pero mientras Emmanuel Macron parece inamovible en su negativa, Giorgia Meloni ha dejado entrever que su posición podría cambiar si se dan las condiciones adecuadas. Tres semanas para cerrar un acuerdo que crearía la mayor zona de libre comercio del mundo, con más de 700 millones de personas y 31 países a ambos lados del Atlántico.

«Después de 26 años de negociación, creo que un retraso de tres semanas es algo tolerable», declaró Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, con la serenidad de quien ha visto fracasar demasiados acuerdos como para dejarse llevar por la urgencia. Pero detrás de esa calma calculada hay una tensión palpable: este acuerdo no es solo comercio, es geopolítica en estado puro.

El tablero político italiano: entre agricultores, industriales y rivales electorales

Giorgia Meloni no tiene prisa. Y no es solo una cuestión de cautela diplomática. La primera ministra italiana está atrapada en un delicado equilibrio político interno donde cada movimiento cuenta. Los agricultores, parte fundamental de su base electoral, rechazan frontalmente el acuerdo. Temen una avalancha de carne sudamericana más barata que desplace su producción local. Y esos temores no son abstractos: son votos.

Meloni sabe que su socio de gobierno y rival electoral, Matteo Salvini, está atento a cualquier fisura que pueda explotar. El líder de la Liga no perdonaría una firma precipitada que enfurezca al sector agrícola. Pero del otro lado de la ecuación está Confindustria, la poderosa patronal italiana, que presiona con fuerza para que Roma apoye el tratado. Para la industria transalpina, el acceso preferencial a mercados como Brasil y Argentina no es una opción: es una necesidad estratégica.

Las nuevas garantías: un salvavidas para sectores sensibles

Consciente de que el tiempo apremia y que perder a Italia significaría el fin del acuerdo, Bruselas ha movido ficha. El miércoles por la noche, negociadores del Consejo de la UE y el Parlamento Europeo aprobaron nuevas salvaguardas diseñadas específicamente para calmar los temores del sector agrícola. No son simples declaraciones de intenciones: son mecanismos concretos con capacidad de acción inmediata.

Estas garantías no requieren el consentimiento de Argentina, Brasil, Paraguay o Uruguay. Son unilaterales, diseñadas como herramientas de compensación que la UE puede activar con relativa facilidad si las circunstancias lo justifican. Se suman a una extensa lista de cláusulas medioambientales, de derechos humanos y compromisos climáticos que ya estaban incluidos en el tratado que Von der Leyen pactó hace un año, cuando Francia atravesaba una de sus recurrentes crisis políticas.

Francia: el obstáculo inmóvil

Si Italia representa la incertidumbre, Francia encarna la negativa directa. Emmanuel Macron ha dejado claro que no apoyará el acuerdo en las condiciones actuales. Las razones son similares a las italianas —presión del sector agrícola, temor a la competencia sudamericana— pero con un agregado político crucial: Macron enfrenta una debilidad institucional severa tras las últimas crisis parlamentarias y no puede permitirse alienar aún más al campo francés.

Bruselas parece haber asumido que París es una causa perdida, al menos en el corto plazo. La estrategia no pasa por convencer a Macron, sino por aislarlo políticamente y avanzar sin él si el resto de los grandes países europeos está a bordo. Pero para eso necesitan imperiosamente a Italia, porque sin Roma, la aritmética de la votación en el Consejo simplemente no cierra.

Geopolítica y dependencias: por qué este acuerdo importa más que nunca

Von der Leyen eligió cuidadosamente sus palabras al llegar a la cumbre en Bruselas: «Superar nuestras dependencias se hace diversificando los acuerdos comerciales. Mercosur desempeña un papel central. Es de una importancia enorme que tengamos la luz verde».

Mercosur no es solo un acuerdo comercial. Es una declaración de intenciones sobre cómo Europa entiende su lugar en un mundo multipolar, fragmentado y cada vez más hostil al libre comercio. Es la respuesta práctica a un dilema estratégico: ¿cómo asegurar acceso a mercados clave, materias primas esenciales y socios confiables cuando el orden económico global se desmorona?

Alemania, bajo el liderazgo de Friedrich Merz, junto con España, encabezada por Pedro Sánchez, forman el núcleo duro de los partidarios del acuerdo. Para ellos, el tratado con Mercosur no es negociable: es una cuestión de supervivencia económica en un contexto de creciente aislacionismo global.

El rechazo empresarial al aplazamiento

La decisión de posponer la firma cayó como una bomba en el sector empresarial europeo. BusinessEurope, la organización que agrupa a las patronales del continente, no tardó ni una hora en manifestar su rechazo. «Posponer la firma de este acuerdo histórico es una mala noticia para las empresas», señalaron en un comunicado cortante.

Para el mundo corporativo, cada día de retraso es una oportunidad perdida. El acuerdo promete eliminar aranceles sobre el 91% del comercio entre ambos bloques, facilitar el acceso a mercados hasta ahora protegidos y establecer reglas claras para inversiones, propiedad intelectual y contratación pública. Son billones de euros en juego, empleos, competitividad y posicionamiento estratégico en mercados emergentes.

La presión sobre Roma será intensa. Von der Leyen y António Costa, presidente del Consejo Europeo, desplegarán toda su capacidad diplomática. Habrá reuniones bilaterales, llamadas telefónicas, concesiones adicionales si hace falta. El objetivo es uno solo: lograr que Italia cruce la línea.

Si lo consiguen, el acuerdo seguirá adelante incluso sin Francia. Si fallan, veintiséis años de negociaciones podrían desmoronarse en cuestión de días, dejando a Europa sin su principal herramienta de diversificación comercial justo cuando más la necesita.

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